El Chile injusto.

Son las 5:34 am en la esquina de Avenida Macul con Avenida Camino Agrícola en la comuna de Macul. Voy solo en vehículo camino a mi casa cuando diviso la luz roja que detendría mi inconsciente inútil, mi fantasía urbana de felicidad falsa, para azotarme con la dureza y fuerza de la realidad – injusta y triste.

Un pequeño de 10 u 11 años corre desde la acera con movimientos que denotan una mezcla de cansancio, frío y apuro, de aquél apuro que el hambre y frío imponen. Se instala frente al vehículo y comienza apresuradamente a hacer malabares con tres pelotitas descoloridas y sucias.

Mientras él apremia su simple rutina, el tiempo transcurre lentamente y entro en “modo emergencia”. Mi sangre hierve. Siento la adrenalina en mi sistema. Siento la impotencia y rabia, pero me freno. Mi mente piensa en una solución rápida. Busco dinero. Busco comida. Busco como apaciguar su miseria y contribuir a su supervivencia. Pienso que necesita la vil moneda. “NO, la moneda incentiva su presencia en la calle”. “Quizás vive en la calle solo y depende del dinero recolectado pa’ comer. ¿Y si tiene malos padres que lo obligan a salir y llegar con algo?. Quizás ésto, quizás lo otro” Pura especulación cuando siento de golpe el poder sucio que tengo sobre él. Soy espectador de un show circense de mal gusto, burdo y triste. Soy espectador de un espectáculo que no es natural, sino creado por el tipo de sociedad que construimos. Su mirada delata que sabe que su paga la produce la pena y no su “arte”. Veo como se traga la vergüenza.

Lleva ropa a mal traer, sucia y de su cara sobresalen unos pómulos en punta sin brillo ni expresión. La desnutrición es evidente como lo es también su vulnerabilidad a una hora en que los ganadores de ésta sociedad injusta conducen borrachos, llenos de mierda, pero con sed de más mierda de viernes.

Termina el show. La verde me apura. Doy las monedas a él y a un señor discapacitado que también busca dinero.

A medida que el tiempo comienza a acelerar en armonía con el motor, crece mi rabia, mi pena y mi impotencia. Muerdo mis labios. Suelto un grito de rabia y maldigo a una sociedad que aspira a lo alto, pero que es incapaz de cuidar a sus hijos. La injusticia de la situación es evidente e innegable, ya que no existe nada que justifique el sufrimiento que se le inflige a éste niño. Digo que se le inflige porque en Chile recursos hay. Por ejemplo, hay 327 millones de pesos para erguir la “bandera bicentenario”, aún mas para comprar aviones F-16. Nos jactamos de ser una de las economías mas robustas del continente, pero preferimos ignorar que somos también líderes regionales en desigualdad.

¿Dónde están los 6.812.005 millones per capita de éste niño?. ¿Dónde está la familia, el vecino, o las instituciones que tanto vociferan sobre desarrollo, grandeza y generosidad nacional?. ¿Dónde estamos todos?. La pasividad de ésta sociedad me enferma. Somos conformistas, pues no somos infelices pero no peleamos por algo justo ni demandamos cambios.

Lo cierto es que como él, hay miles. Viven con hambre, frío, pena y son víctimas frecuentes de violencia física, psicológica y sexual. No pretendo instar meramente a la reflexión. Quiero acción, pues lo único que no podemos cambiar es la muerte; ni la mía, ni la suya y en especial, la de éste niño. Lo que existe no es el orden natural de las cosas, sino una creación humana – la expresión mas horrorífica de un sistema económico que castiga de nacimiento y no brinda la oportunidad de sobrevivir. Nuestra sociedad viola los derechos de algunos desde que nacen y eso,  es lo que hemos creado.

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